A vista de pájaro, la Rambla conserva todo el potencial que la ha convertido en uno de los reclamos turísticos más importantes de Barcelona.
Pero un primerísimo primer plano de esta famosísima arteria revela suciedad, oscuridad, caos circulatorio, delincuencia y una pobreza que algún cursi se empeña en llamar nomadismo urbano.
Superado el acuador del mandato municipal, sigue pendiente la reordenación de La Rambla, tal como denunciaba ayer CiU, en el marco del Plan de Actuación del Distrito de Ciutat Vella que el Ayuntamiento no quiere o no puede afrontar.
Paralelamente, las agencias de viaje catalanas exigen medidas para afrontar los hurtos y atracos que se cometen en las inmediaciones del emblemático boulevard barcelonés.
viernes, 7 de agosto de 2009
Nómadas urbanos toman las plazas de Barcelona.
Espero a que el semáforo cambie. Verde. Empieza mi recorrido por donde antaño corría el agua. Hoy, fluye una marea de turistas entre animales enjaulados y estatuas vivientes. Me convierto en uno de ellos. Después de unos pocos metros, me canso de seguir la corriente y cambio de rumbo. A mi izquierda, enfilo la calle Canuda y aparezco en la plaza Villa de Madrid. Hay cuatro jóvenes mochileros sentados alrededor de un árbol. Llega un quinto, saca una toalla y se tumba. Fuman y charlan.
Entro en una tienda. «Llevo aquí una semana y todo bien, eso sí, cuando cierro me voy corriendo», explica F. S., la propietaria, quien añade: «El primer día, unos drogadictos intentaron entrar pero no les dejé». Afirma haberles visto robar el dinero que dejan los clientes en el bar de enfrente.
Retrocedo en mi camino y me adentro en el lado opuesto. Cruzo los arcos que envuelven la plaza Vicen Martorell. La bienvenida me la dan cinco personas tumbadas bajo las vueltas que se hablan a gritos en algún idioma que desconozco con tres individuos aposentados en el césped.
Recorro la plaza y entro en el café D'Annunzio. «Están molestando todo el tiempo: piden tabaco, dinero, roban, venden droga, rompen las plantas, defecan y vomitan», cuenta María Dolores López, propietaria del local desde hace ocho años. Su hija, Esther Rami, agrega: «Vienen con chulería porque saben que no les van a hacer nada». Mientras estoy en el local pasa por la terraza un hombre vendiendo mecheros. Seguimos. ¿Y las fuerzas del orden? «Antes llamábamos a la Guardia Urbana y preguntaban si había sangre antes de venir. Ahora dicen que están en la calle y que no pueden hacer nada», narra María Dolores. «Míralos», dice la hija. Dos agentes de la Guardia Urbana pasean por la plaza.
María Dolores decidió plantarles cara y la amenazaron. Ahora, tiene que ir acompañada a casa. Al cerrar su local, el suplicio continúa para J. L.. Su vivienda da a la plaza. «Hay broncas de madrugada y siempre un fuerte olor a orín». Miro a través del cristal, el vendedor de encendedores orina entre dos contenedores.
Retorno al epicentro de la ciudad y me dejo llevar. En la plaza del Teatre dos hombres yacen en el suelo. A.M. lleva 33 años trabajando en un hotel cercano: «Desde hace tres años, las cosas han ido a peor y en verano este tipo de individuos aumentan».
Prosigo mi camino con el sol perfilando mi silueta. Son poco más de las 18.00 horas. Alzo la vista y diviso a Colón señalando el nuevo mundo. A su espalda, en el viejo, una nueva raza se adueña del centro de Barcelona: son los llamados nómadas urbanos.
Entro en una tienda. «Llevo aquí una semana y todo bien, eso sí, cuando cierro me voy corriendo», explica F. S., la propietaria, quien añade: «El primer día, unos drogadictos intentaron entrar pero no les dejé». Afirma haberles visto robar el dinero que dejan los clientes en el bar de enfrente.
Retrocedo en mi camino y me adentro en el lado opuesto. Cruzo los arcos que envuelven la plaza Vicen Martorell. La bienvenida me la dan cinco personas tumbadas bajo las vueltas que se hablan a gritos en algún idioma que desconozco con tres individuos aposentados en el césped.
Recorro la plaza y entro en el café D'Annunzio. «Están molestando todo el tiempo: piden tabaco, dinero, roban, venden droga, rompen las plantas, defecan y vomitan», cuenta María Dolores López, propietaria del local desde hace ocho años. Su hija, Esther Rami, agrega: «Vienen con chulería porque saben que no les van a hacer nada». Mientras estoy en el local pasa por la terraza un hombre vendiendo mecheros. Seguimos. ¿Y las fuerzas del orden? «Antes llamábamos a la Guardia Urbana y preguntaban si había sangre antes de venir. Ahora dicen que están en la calle y que no pueden hacer nada», narra María Dolores. «Míralos», dice la hija. Dos agentes de la Guardia Urbana pasean por la plaza.
María Dolores decidió plantarles cara y la amenazaron. Ahora, tiene que ir acompañada a casa. Al cerrar su local, el suplicio continúa para J. L.. Su vivienda da a la plaza. «Hay broncas de madrugada y siempre un fuerte olor a orín». Miro a través del cristal, el vendedor de encendedores orina entre dos contenedores.
Retorno al epicentro de la ciudad y me dejo llevar. En la plaza del Teatre dos hombres yacen en el suelo. A.M. lleva 33 años trabajando en un hotel cercano: «Desde hace tres años, las cosas han ido a peor y en verano este tipo de individuos aumentan».
Prosigo mi camino con el sol perfilando mi silueta. Son poco más de las 18.00 horas. Alzo la vista y diviso a Colón señalando el nuevo mundo. A su espalda, en el viejo, una nueva raza se adueña del centro de Barcelona: son los llamados nómadas urbanos.
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