Espero a que el semáforo cambie. Verde. Empieza mi recorrido por donde antaño corría el agua. Hoy, fluye una marea de turistas entre animales enjaulados y estatuas vivientes. Me convierto en uno de ellos. Después de unos pocos metros, me canso de seguir la corriente y cambio de rumbo. A mi izquierda, enfilo la calle Canuda y aparezco en la plaza Villa de Madrid. Hay cuatro jóvenes mochileros sentados alrededor de un árbol. Llega un quinto, saca una toalla y se tumba. Fuman y charlan.
Entro en una tienda. «Llevo aquí una semana y todo bien, eso sí, cuando cierro me voy corriendo», explica F. S., la propietaria, quien añade: «El primer día, unos drogadictos intentaron entrar pero no les dejé». Afirma haberles visto robar el dinero que dejan los clientes en el bar de enfrente.
Retrocedo en mi camino y me adentro en el lado opuesto. Cruzo los arcos que envuelven la plaza Vicen Martorell. La bienvenida me la dan cinco personas tumbadas bajo las vueltas que se hablan a gritos en algún idioma que desconozco con tres individuos aposentados en el césped.
Recorro la plaza y entro en el café D'Annunzio. «Están molestando todo el tiempo: piden tabaco, dinero, roban, venden droga, rompen las plantas, defecan y vomitan», cuenta María Dolores López, propietaria del local desde hace ocho años. Su hija, Esther Rami, agrega: «Vienen con chulería porque saben que no les van a hacer nada». Mientras estoy en el local pasa por la terraza un hombre vendiendo mecheros. Seguimos. ¿Y las fuerzas del orden? «Antes llamábamos a la Guardia Urbana y preguntaban si había sangre antes de venir. Ahora dicen que están en la calle y que no pueden hacer nada», narra María Dolores. «Míralos», dice la hija. Dos agentes de la Guardia Urbana pasean por la plaza.
María Dolores decidió plantarles cara y la amenazaron. Ahora, tiene que ir acompañada a casa. Al cerrar su local, el suplicio continúa para J. L.. Su vivienda da a la plaza. «Hay broncas de madrugada y siempre un fuerte olor a orín». Miro a través del cristal, el vendedor de encendedores orina entre dos contenedores.
Retorno al epicentro de la ciudad y me dejo llevar. En la plaza del Teatre dos hombres yacen en el suelo. A.M. lleva 33 años trabajando en un hotel cercano: «Desde hace tres años, las cosas han ido a peor y en verano este tipo de individuos aumentan».
Prosigo mi camino con el sol perfilando mi silueta. Son poco más de las 18.00 horas. Alzo la vista y diviso a Colón señalando el nuevo mundo. A su espalda, en el viejo, una nueva raza se adueña del centro de Barcelona: son los llamados nómadas urbanos.
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